Participaron en la predilección dominica por Aristóteles y Santo Tomás, pero, en la
segunda mitad del siglo XVI, hay en ellos una tendencia a la crítica libre y al pensamiento
independiente. Así, si los franciscanos cultivaron y comentaron a Scoto, los jesuitas
siguieron las huellas de Francisco Suárez, el filósofo más popular que hubo en América
desde fines del siglo XVI hasta principios del XIX; y el que influyó eficazmente en la
resolución de la independencia americana a causa de sus doctrinas sobre el origen de la
autoridad.
La dirección jesuítica, ya con marcado sello suarista, tiene también como
seguidores notables a Juan Perlin, el candidato de Suárez para sucederle y completar su
obra, que enseñó en Lima, en el Cuzco, en Quito, Alcalá, Madrid y Colonia.
Suárez logró que Perlin regresara a España, pero perdió a Lope de Atienza
(España 1537 - Quito 1596?) que pasó al Perú. Atienza había sido Rector del colegio de
San Pablo en Lima y colaborador con José de Acosta en la dirección de la publicación de
los catecismos, confesionarios y exposiciones de doctrinas cristianas que por orden del III
Concilio Limense se imprimieron en Lima.
La orden de los jesuitas ingresa al Perú en 1568, después de dos intentos, uno en
1555 y otro en 1559. La venida de los jesuitas fue alentada por Fray Agustín de Coruña,
agustino, quien al ser nombrado obispo de Popayán en el Perú, quiso llevar jesuitas a su
diócesis, lugar que no había recibido orden alguna de sacerdotes. Obtuvo el permiso
correspondiente del Consejo de Indias el 8 de abril de 1565 e inmediatamente escribió al
Vicario General de la Compañía de Jesús en Roma, Francisco Borja.
Llegados a Lima el primero de abril de 1568 fueron hospedados por los padres del
convento de Santo Domingo, pero muy pronto se erigirían en los rectores de los
movimientos para adoctrinar a los indígenas, así como en maestros de la juventud tanto
en sus célebres colegios de San Pedro y San Pablo como en la Universidad de San
Marcos. Los más destacados jesuitas del siglo XVI son José de Acosta y Esteban de
Avila.
José de Acosta (España, 1540-1600) inaugura la doble vertiente del quehacer
filosófico en América. Es filósofo escolástico, teólogo, al mismo tiempo que investigador
científico, todo esto dentro de los moldes occidentales, pero urgido por la realidad y la
tensión de los hechos históricos, aplica su formación filosófica al análisis de la situación
en Indias y formula una ideología humanista reformista cristiana33 que, en nuestro
32 Cuenta la crónica de Diego de Córdova que, habiendo muchos letrados de las religiones, calificado y
condenado por herética una proposición de un prebendado de cierta iglesia había sustentado en la ciudad
de los Reyes, pidió la palabra el padre Campo, y en presencia del arzobispo que hacía de inquisidor, y de
los otros letrados, defendió la proposición condenada con tanta erudicción y derroche de citas, de textos y
autoridades, que convenció a todos, y se calificó la presunta herejía de “propia”, “fiel” y “católica”.
33 Rivara de Tuesta, María Luisa. José de Acosta, un humanista reformista. Cap. VI, pp. 95-118.
24
concepto, se constituye en una respuesta original con miras a la solución de las
problemáticas de su tiempo.
Así, pues, no vino solamente a repetir las doctrinas filosóficas imperantes en
España, sino que procuró hacerlas válidas en un espacio diferente al occidental,
aplicarlas, en lo que tuvieran de validez universal, a otras circunstancias y a otros
hombres.
En él, el binomio filosofía-praxis se entrelaza armoniosamente y se hace patente
en la índole de sus obras así como en las acciones que llevó a cabo en su largo e
infatigable quehacer en tierras americanas.
Escribió Acosta a través de toda su vida, desde sus años de niñez en Medina del
Campo hasta los de su ancianidad en Salamanca, pero sus mejores escritos provienen de
sus diecisiete años en América: Historia natural y moral de las Indias y De procuranda
indorum salute; la primera de carácter científico y la segunda que va más allá del fin
evangelizador y expresa su concepción ideológica, siendo el fruto de sus lecciones como
catedrático, de su actuar como organizador de la evangelización en el Perú, de su
prédica, de su concepción sobre la guerra justa, y de su lucha por el reconocimiento de la
capacidad intelectual de los indios; además de su dura crítica a las autoridades y al clero.
En lo que respecta a filosofía escolástica, dejó manuscritos seis tomos titulados
Tractatus aliquot de Theologia et de Sacra Scriptura, en los cuales expone los temas
fundamentales de dicha doctrina. Pese al carácter inédito de su producción filosófica,
Acosta es reconocido como el más notable director intelectual de la juventud peruana del
siglo XVI. Llegó al Perú el 28 de abril de 1572 y de inmediato inaugura sus clases de
Teología en el colegio de San Pablo a la manera de Salamanca o Alcalá. A mediados de
1573 es enviado al interior del Perú; visita el incipiente colegio del Cuzco y recorre las
principales ciudades dando a conocer a la Compañía. Es en este viaje que aprende
quechua y se percata de la verdadera situación religiosa en que se encontraban los
indios34.
Al regresar a Lima, tomó la regencia de la cátedra de teología hasta mediados de
1575, año en el que se le encargó el rectorado del colegio de San Pablo. En 1576 fue
ascendido a provincial de la orden, contando sólo con 35 años y gozando ya de gran
prestigio intelectual.
De procuranda indorum salute se fue gestando en estas actividades de Acosta.
Sabemos, por ejemplo, que en 1576 explicó la parte de Sacramentis que corresponde al
Libro VI de la obra que versa sobre particularidades teóricas y prácticas de esta materia
sacramental en Indias. No podemos precisar en que momento escribe los Libros IV y V
que, en nuestra opinión, contienen en punto a catequización sus teorías básicas y son las
que conviene aquí enunciar.
Para Acosta el catequizador, aparte de que debe estar lleno de buen ánimo y
alegre en la distribución del “trigo celestial”, debe poner mucha atención en lo que ha de
enseñar y con que método y orden, “siendo en uno fiel y en otro prudente”.
Luego se pregunta ¿Qué es, pues, lo que hay que enseñar a estas nuevas gentes
rudas en la fe, y con qué modos a fin de que les entre en el corazón? Siendo este el
intento principal de la catequesis, Acosta dedicara el libro V a esta cuestión35.
El primer capítulo del Libro V señala que el conocimiento y amor de Cristo es el fin
de la doctrina cristiana. La vertiente teórica pone en la cima a Cristo como alfa y omega,
principio y fin de toda la sabiduría, la fe de Cristo que es el creer en él, conduce a Cristo
conocido que es verdad y perfección.
34 Acosta reunió dos congregaciones provinciales (1576) en las que se trató en forma especial el problema
de la instrucción y evangelización de los indios; preparó los textos básicos, en castellano, quechua y
aymara, para su adoctrinamiento e hizo venir al impresor Antonio Ricardo para la publicación de estas
obras con las que se inicia la imprenta en el Perú (1584).
35 Acosta, José de. De procuranda indorum salute. Libro IV, cap. XXIII, p. 419.
25
El hombre, en cuanto naturaleza racional, llega al conocimiento y amor de Cristo.
El predicador, cuyo oficio es enseñar la fe en Cristo e instruir en las costumbres,
teoréticamente enseña el conocimiento, la fe y la contemplación de Cristo. La vertiente
práctica tiene como principio el obrar por la caridad, Cristo amado es imitación en el obrar,
el hombre en cuanto vida humana llega a la contemplación y a la acción. El predicador
exhorta e instruye en las costumbres, es decir en el amor, la acción y la práctica de la
caridad36.
En lo que respecta a De procuranda indorum salute se trata de una obra muy
americana y a la vez muy universal; americana en el enfoque general y en la solución que
otorga a los problemas más graves que la transculturación religiosa suscitó en Indias;
universal porque, con ocasión de América, Acosta logra fijar las normas generales que
rigen la extensión de la fe a todas las naciones. Pronto el libro salió de los confines
propios de la Compañía y fue utilizado por la Iglesia Católica y otras iglesias europeas
como un material de primer orden para el estudio y formación misionera. Se trataba, en
verdad, del primer libro que contemplaba en toda su extensión el campo de las misiones
católicas en el siglo XVI.
segunda mitad del siglo XVI, hay en ellos una tendencia a la crítica libre y al pensamiento
independiente. Así, si los franciscanos cultivaron y comentaron a Scoto, los jesuitas
siguieron las huellas de Francisco Suárez, el filósofo más popular que hubo en América
desde fines del siglo XVI hasta principios del XIX; y el que influyó eficazmente en la
resolución de la independencia americana a causa de sus doctrinas sobre el origen de la
autoridad.
La dirección jesuítica, ya con marcado sello suarista, tiene también como
seguidores notables a Juan Perlin, el candidato de Suárez para sucederle y completar su
obra, que enseñó en Lima, en el Cuzco, en Quito, Alcalá, Madrid y Colonia.
Suárez logró que Perlin regresara a España, pero perdió a Lope de Atienza
(España 1537 - Quito 1596?) que pasó al Perú. Atienza había sido Rector del colegio de
San Pablo en Lima y colaborador con José de Acosta en la dirección de la publicación de
los catecismos, confesionarios y exposiciones de doctrinas cristianas que por orden del III
Concilio Limense se imprimieron en Lima.
La orden de los jesuitas ingresa al Perú en 1568, después de dos intentos, uno en
1555 y otro en 1559. La venida de los jesuitas fue alentada por Fray Agustín de Coruña,
agustino, quien al ser nombrado obispo de Popayán en el Perú, quiso llevar jesuitas a su
diócesis, lugar que no había recibido orden alguna de sacerdotes. Obtuvo el permiso
correspondiente del Consejo de Indias el 8 de abril de 1565 e inmediatamente escribió al
Vicario General de la Compañía de Jesús en Roma, Francisco Borja.
Llegados a Lima el primero de abril de 1568 fueron hospedados por los padres del
convento de Santo Domingo, pero muy pronto se erigirían en los rectores de los
movimientos para adoctrinar a los indígenas, así como en maestros de la juventud tanto
en sus célebres colegios de San Pedro y San Pablo como en la Universidad de San
Marcos. Los más destacados jesuitas del siglo XVI son José de Acosta y Esteban de
Avila.
José de Acosta (España, 1540-1600) inaugura la doble vertiente del quehacer
filosófico en América. Es filósofo escolástico, teólogo, al mismo tiempo que investigador
científico, todo esto dentro de los moldes occidentales, pero urgido por la realidad y la
tensión de los hechos históricos, aplica su formación filosófica al análisis de la situación
en Indias y formula una ideología humanista reformista cristiana33 que, en nuestro
32 Cuenta la crónica de Diego de Córdova que, habiendo muchos letrados de las religiones, calificado y
condenado por herética una proposición de un prebendado de cierta iglesia había sustentado en la ciudad
de los Reyes, pidió la palabra el padre Campo, y en presencia del arzobispo que hacía de inquisidor, y de
los otros letrados, defendió la proposición condenada con tanta erudicción y derroche de citas, de textos y
autoridades, que convenció a todos, y se calificó la presunta herejía de “propia”, “fiel” y “católica”.
33 Rivara de Tuesta, María Luisa. José de Acosta, un humanista reformista. Cap. VI, pp. 95-118.
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concepto, se constituye en una respuesta original con miras a la solución de las
problemáticas de su tiempo.
Así, pues, no vino solamente a repetir las doctrinas filosóficas imperantes en
España, sino que procuró hacerlas válidas en un espacio diferente al occidental,
aplicarlas, en lo que tuvieran de validez universal, a otras circunstancias y a otros
hombres.
En él, el binomio filosofía-praxis se entrelaza armoniosamente y se hace patente
en la índole de sus obras así como en las acciones que llevó a cabo en su largo e
infatigable quehacer en tierras americanas.
Escribió Acosta a través de toda su vida, desde sus años de niñez en Medina del
Campo hasta los de su ancianidad en Salamanca, pero sus mejores escritos provienen de
sus diecisiete años en América: Historia natural y moral de las Indias y De procuranda
indorum salute; la primera de carácter científico y la segunda que va más allá del fin
evangelizador y expresa su concepción ideológica, siendo el fruto de sus lecciones como
catedrático, de su actuar como organizador de la evangelización en el Perú, de su
prédica, de su concepción sobre la guerra justa, y de su lucha por el reconocimiento de la
capacidad intelectual de los indios; además de su dura crítica a las autoridades y al clero.
En lo que respecta a filosofía escolástica, dejó manuscritos seis tomos titulados
Tractatus aliquot de Theologia et de Sacra Scriptura, en los cuales expone los temas
fundamentales de dicha doctrina. Pese al carácter inédito de su producción filosófica,
Acosta es reconocido como el más notable director intelectual de la juventud peruana del
siglo XVI. Llegó al Perú el 28 de abril de 1572 y de inmediato inaugura sus clases de
Teología en el colegio de San Pablo a la manera de Salamanca o Alcalá. A mediados de
1573 es enviado al interior del Perú; visita el incipiente colegio del Cuzco y recorre las
principales ciudades dando a conocer a la Compañía. Es en este viaje que aprende
quechua y se percata de la verdadera situación religiosa en que se encontraban los
indios34.
Al regresar a Lima, tomó la regencia de la cátedra de teología hasta mediados de
1575, año en el que se le encargó el rectorado del colegio de San Pablo. En 1576 fue
ascendido a provincial de la orden, contando sólo con 35 años y gozando ya de gran
prestigio intelectual.
De procuranda indorum salute se fue gestando en estas actividades de Acosta.
Sabemos, por ejemplo, que en 1576 explicó la parte de Sacramentis que corresponde al
Libro VI de la obra que versa sobre particularidades teóricas y prácticas de esta materia
sacramental en Indias. No podemos precisar en que momento escribe los Libros IV y V
que, en nuestra opinión, contienen en punto a catequización sus teorías básicas y son las
que conviene aquí enunciar.
Para Acosta el catequizador, aparte de que debe estar lleno de buen ánimo y
alegre en la distribución del “trigo celestial”, debe poner mucha atención en lo que ha de
enseñar y con que método y orden, “siendo en uno fiel y en otro prudente”.
Luego se pregunta ¿Qué es, pues, lo que hay que enseñar a estas nuevas gentes
rudas en la fe, y con qué modos a fin de que les entre en el corazón? Siendo este el
intento principal de la catequesis, Acosta dedicara el libro V a esta cuestión35.
El primer capítulo del Libro V señala que el conocimiento y amor de Cristo es el fin
de la doctrina cristiana. La vertiente teórica pone en la cima a Cristo como alfa y omega,
principio y fin de toda la sabiduría, la fe de Cristo que es el creer en él, conduce a Cristo
conocido que es verdad y perfección.
34 Acosta reunió dos congregaciones provinciales (1576) en las que se trató en forma especial el problema
de la instrucción y evangelización de los indios; preparó los textos básicos, en castellano, quechua y
aymara, para su adoctrinamiento e hizo venir al impresor Antonio Ricardo para la publicación de estas
obras con las que se inicia la imprenta en el Perú (1584).
35 Acosta, José de. De procuranda indorum salute. Libro IV, cap. XXIII, p. 419.
25
El hombre, en cuanto naturaleza racional, llega al conocimiento y amor de Cristo.
El predicador, cuyo oficio es enseñar la fe en Cristo e instruir en las costumbres,
teoréticamente enseña el conocimiento, la fe y la contemplación de Cristo. La vertiente
práctica tiene como principio el obrar por la caridad, Cristo amado es imitación en el obrar,
el hombre en cuanto vida humana llega a la contemplación y a la acción. El predicador
exhorta e instruye en las costumbres, es decir en el amor, la acción y la práctica de la
caridad36.
En lo que respecta a De procuranda indorum salute se trata de una obra muy
americana y a la vez muy universal; americana en el enfoque general y en la solución que
otorga a los problemas más graves que la transculturación religiosa suscitó en Indias;
universal porque, con ocasión de América, Acosta logra fijar las normas generales que
rigen la extensión de la fe a todas las naciones. Pronto el libro salió de los confines
propios de la Compañía y fue utilizado por la Iglesia Católica y otras iglesias europeas
como un material de primer orden para el estudio y formación misionera. Se trataba, en
verdad, del primer libro que contemplaba en toda su extensión el campo de las misiones
católicas en el siglo XVI.

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